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Se trata de personas que se dedican a labores que muchos
asocian a las mujeres. A pesar de que algunos los critican, ellos están
orgullosos y felices con las tareas que cumplen.
Hace ocho años que Boris
Huerta (36) encontró en el tejido una vía de escape para sus momentos de
estrés.
Este maestro de cocina es de Peñaflor y trabaja toda la
noche. El problema es que su cuerpo se acostumbró a ese ritmo y no puede
conciliar el sueño los fines de semana. “Entonces busqué la forma de
entretenerme y lo encontré en el tejido, algo que siempre me había llamado la
atención. Al principio no fue fácil porque era muy torpe con los palillos. A mi
mamá no le gustaba mucho la idea, pero después se dio cuenta que era algo que
me relajaba y ahí aceptó”, indicó.
Ha hecho polainas, bufandas y cuando las termina se las
regala a las compañeras de trabajo, amigos y a las sobrinas. “Para mí tejer ya
es normal, aunque al comienzo lo hacía escondido”, contó.
Hasta el año pasado Ercoff
Sánchez (44) trabajaba en un colegio de Cañete como educador de párvulos.
Si bien se cambió de rubro momentáneamente por un tema de ingresos, quiere
volver a las aulas.
“Mucha gente me dijo que sería complicado por el tema de que
soy varón, pero en los lugares donde he trabajado me ha ido muy bien. Por ese
lado no he sentido discriminación, pero sí por parte de colegas. Una vez una
hizo un comentario desafortunado porque no le gustaba que un hombre se dedicara
a esto. Lo encontré feo. Las apoderadas en tanto, fueron comprensivas. Muchas
eran madres solteras y pensaban que era bonito que yo fuera una figura paterna
para los niños. Hace rato que deberíamos dejar de discriminar por estos temas.
Nosotros somos como un profesor de básica, pero en educación inicial”, señaló
Ercoff
De igual manera, explicó que tuvo que tomar resguardos para
que nadie dudara de su labor. “Las cortinas de mi sala siempre estuvieron
abiertas, permití que los apoderados me visitaran cuando quisieran y nunca
estuve solo con los niños”.
Hace doce años que Marco
Hernández (45) tomó nuevos rumbos, luego de perder su puesto como ayudante
de cocina en un casino en San Fernando. Por un amigo llegó a trabajar a una
casa particular, donde reemplazó a la asesora del hogar, pero nunca pensó que
ella no volvería y él quedaría a cargo de las labores domésticas por más de una
década.
En esa casa hace el aseo, prepara el almuerzo, lava y
plancha. “La experiencia ha sido muy buena. Mis jefes son un diez, me dieron
una confianza absoluta y me consideran como parte de la familia. Cuando llegué,
los hijos de ellos estaban en la universidad. Hoy ya están casados y traen a
sus pequeños para que yo los cuide. Les enseño, les doy la comida y los trato como
si fueran mis niños”, contó Hernández.
Todos los días entra a las 10 de la mañana y sale a las 6 de
la tarde. “Hay gente que me critica y me reclaman que mejor me preocupe de mi
casa. Pero son los menos los que no valoran lo que hago”.
En la villa donde se desempeña tiene varias colegas, con las
que se encuentra en una parque, cuando sale a jugar con los nietos de los
jefes. “Yo me saco el uniforme para salir y a veces eso molesta. Hay
empleadores que no dejan que sus trabajadoras se junten conmigo porque soy mala
influencia”, aclaró.
Hernández aconsejó a otras hombres que quieren seguir sus
pasos. “Deben estar cien por ciento seguros, porque la confianza se gana con el
tiempo y cuesta. No es un sueldo alto, pero uno tiene un trabajo seguro”.
