Confiarnos es responsabilizarnos unos por otros;
aprender a escuchar con tiempo y espacio; saber que el camino es tan importante
como la meta. En el mundo mapuche la relación y reciprocidad son esenciales para
la vida buena de cada uno y de todos.
Carlos Bresciani SJ*
El año nuevo de nuestros pueblos indígenas, el
Wetripantu, es la celebración que podría resumirse en una poderosa invitación a
confiar. El sol ya no puede irse más lejos. La noche ya no puede ser más larga.
Desde ahora en adelante el día irá venciendo a la noche. Toda la tierra volverá
a cargarse de su fuerza vital, para dar luego los frutos con que el ser humano
vivirá. Los brotes comenzarán a parecer cargados de energía vital. Si la tierra
se renueva, nosotros —que somos parte de ella— también. Allí radica nuestra
confianza: en la renovación de esa solidaridad universal.
El frío justo antes del amanecer se siente más
fuerte. Personas de varias comunidades del territorio de Arauco nos encontramos
allí. Juntos nos arrodillamos en la tierra húmeda frente al rewe (1), como
queriendo unirnos por medio de nuestra Madre Tierra. Ella nos acoge en la
oración que hacemos al rayar el alba. Suena el kultrun (tambor ceremonial) y
comienza a salir de nuestros labios una plegaria hacia Wenu Chaw (Padre del
Cielo). Nos guían nuestros kimnche, hombres y mujeres por cuyas venas corre la
sabiduría mapuche. El ruego es un murmullo que brota del corazón, latiendo al
ritmo del kultrun. Rogamos dando gracias porque aún tenemos vida en nosotros y
en la tierra; pero con la misma fuerza pedimos newen (fuerza), fortaleza de lo
Alto para nuestra Madre Tierra tan violentada por el modelo winka (extranjero).
Fortaleza para las comunidades tan resquebrajadas por la pobreza, por la
discriminación, por la enfermedad neoliberal. Cada ruego lo hacemos con una
hoja de canelo en la mano; hoja que a cada oración se llena de muday (bebida
tradicional) o de murke (harina tostada). Esta hoja ha sido en otros tiempos
signo de la paz. Queremos paz en el territorio, rogamos cada uno. Una paz
cargada de justicia.
El sol ya comienza a salir y sentimos su calor
tímido. Es la esperanza que brota. Nos alegramos. Terminamos la oración y
empezamos a hacer el purrun o baile tradicional en torno al rewe. Nos alegramos
de estar juntos. Estamos convencidos de que así somos más fuertes. Nos sumamos
en el ritmo del kultrun que nos hace bailar al son de una vida que se abre paso
en medio nuestro y que nos invita a confiar en que Wenu Chaw está al centro
haciendo confluir nuestros pasos.
Es en esta rogativa, y en otras como el
Nguillatun, donde he experimentado que hay una nueva forma de relacionarnos
entre nosotros, con la tierra y con Dios. Son momentos que hablan de que existe
otro estilo de vida basado fundamentalmente en la relación y reciprocidad, que
nos hace hermanos unos de otros y con la tierra donde vivimos. Un modo basado
en la confianza y el bien común, donde el nosotros es más importante que el yo.
Las familias que participan preparan con alegría y
mucho respeto el ngolngol, el plato ceremonial con mote, carne y sopaipillas
que se presenta en el rewe (altar principal). Luego de ser contados y
presentados a la machi, los platos son repartidos entre los asistentes. De a
grupos recibimos un plato y lo compartimos. Comemos del mismo plato. Nadie
queda fuera. Lo que con sacrificio cada familia trajo para compartir es ahora
repartido entre todos. No puedo sino recordar el momento en que Jesús fue capaz
de dar de comer a una multitud con sólo cinco panes y dos pescados. Al igual
que en ese momento, en el Nguillatun se produce el milagro de la multiplicación
de los panes, que no es otra cosa que la multiplicación de la solidaridad.
Todos tenemos algo; cada uno por sí solo no basta para alimentar a los que
estamos ahí, pero ofreciendo lo que tenemos somos capaces de alimentarnos y
quedar satisfechos. El milagro es apostar y creer que entre todos podemos
alimentarnos y vivir bien. Eso mismo pasa en el Nguillatun.
En una sociedad como la nuestra, atravesada por un
modelo neoliberal instalado desde hace mucho, y que nos ha convertido en
consumidores o clientes más que en personas, hace falta una vuelta de tuerca
gigante para poder vivir dignamente. Cómo creer en el otro cuando vivimos en
medio de un modelo que instala en cada uno de nosotros la competencia, y que
como resultado genera una desconfianza atroz. Un modelo que nos hace desconfiar
de todo esfuerzo común, por ser pérdida de tiempo y falta de eficacia. Tenemos
que afinar nuestros sentidos y escuchar con atención otras propuestas de vida
más humanizadoras.
En toda rogativa o Nguillatun, el mapuche,
atravesado por las mismas corrientes que toda nuestra sociedad, tiene una
reserva de vida buena (Küme Mongen o Buen Vivir) que le hace resistir con dignidad.
Ante la desconfianza que puede haber entre las familias, con otros y con las
mismas instituciones, el mapuche es capaz de compartir gratuitamente ese
ngolngol. Ellos desconocen a quién irá, pero saben que será parte de un gesto
sagrado que el mismo Chaw Ngenchen (Padre Dios) invita a hacer. Son capaces de
entregar lo que tienen por el bien común de todos. Ahí se produce el milagro.
Se vuelve a creer que el nosotros es vital para vivir. En ese gesto se
recomponen las relaciones comunitarias que pudieron quedar heridas cultivando
la desconfianza. Se apuesta a que todos juntos podremos ser uno y salir
adelante en la vida.
Es también lo que se vive en el mingaco para la
siembra o cosecha. Se ponen de acuerdo entre familiares y vecinos. Sólo se
ofrece un buen almuerzo. Se confía en que cuando después le toque a uno sembrar
o cosechar, entonces vendrán a ayudarlo. Se confía en la reciprocidad en las
relaciones. En el mingaco se recomponen las relaciones vecinales y familiares.
Uno se vuelve a ver y pasa un buen rato compartiendo. Hoy en día esa tradición
está peligrando: se piensa que es una pérdida de tiempo andar poniéndose de
acuerdo con otros, si lo que se puede hacer en un día, un tractor lo puede
hacer en una hora. Se gana tiempo, pero se pierden relaciones. El mingaco
requiere convencerse de que también es un beneficio el estar y convivir con los
vecinos y familiares. No es un mero medio, sino un fin en sí mismo. El nosotros
es tan importante como el yo.
La actual desconfianza de nuestra sociedad puede
aprender mucho de estos gestos rituales del Nguillatun. Necesitamos volver a
creer que la solidaridad es el motor de una nueva propuesta de vida basada en
la búsqueda del bien común. Esto no significa que lo que dañó las confianzas no
sea una realidad en nuestras vidas, pero implica sanarlas no desde el criterio
de la competencia o el beneficio personal, sino desde la profunda convicción de
que nos necesitamos entre todos.
La competencia feroz nos hace devorarnos unos a
otros, con el objetivo de recibir un supuesto bien personal que llamamos “vivir
mejor”. Se nos instala en la médula en el momento en que todo y todos deben girar
en torno a la propia satisfacción personal, incluso cuando alegamos por algún
derecho. Pedimos, pero no nos comprometemos en lo que pedimos. Somos clientes
expertos en exigir nuestros derechos, pero se nos dificulta enormemente
asumirlos responsablemente una vez que los tenemos. Lo queremos todo hecho,
para luego gozar de sus beneficios. Lo hacemos incluso en nuestra relación con
Dios: “Danos, pero no me hagas poner los medios”. Segundos binarios, diría san
Ignacio, desde la experiencia de los Ejercicios (2).
En medio del pueblo mapuche, sabiéndonos en camino
de conversión, hemos podido asomarnos a otra propuesta de vida. Las familias y
comunidades con las que nos vinculamos nos han enseñado el valor del nosotros.
Un nosotros inclusivo, que incorpora en su persona a los seres humanos, a la
tierra en la que vivimos y a las fuerzas espirituales que nos sostienen. Una
poderosa invitación a confiarnos mutuamente. Aquí está la clave en nuestros
tiempos. Confiarnos es hacernos responsables unos por otros. Es aprender a
escuchar con tiempo y espacio. Es saber que el camino es tan importante como la
meta. En el mundo mapuche la relación y reciprocidad son esenciales para la
vida buena de cada uno y de todos. Esto se aprende desde chico, y no sólo en
los nguillatunes y mingacos, sino también en el modo de relacionarse con la
tierra. El mundo en el que vivimos también es nuestro hermano, nuestra madre.
Cuando se siembra se espera que la tierra dé sus frutos. Nos devuelva lo que le
hemos dado. Se le pide permiso para cortar un árbol. Se hace rogativa para
poder sembrar y cosechar. Todo es relación y reciprocidad, pues hay confianza
en que todo está profundamente entrelazado. Es la solidaridad universal con la
que Chaw Dios hizo todo. Para nosotros, como cristianos, está en la esencia de
nuestra fe: creemos en un Dios que es pura relación, Padre, Hijo y Espíritu
Santo. En una comunión de amor que desborda tanto que es capaz de crear todo lo
existente.
“Creerse el cuento”, nos decía la Ñaña Elba Puen.
“Yo me la creo. Yo soy mapuche y me creo el cuento de que soy rica en mi
espiritualidad y que esto es un regalo para compartir”, nos confiaba en un
encuentro. Creernos el cuento de esta nueva forma de relacionarnos puede abrir
caminos de comunión, de confianza y de nuevos horizontes de vida y dignidad
para todos y también para la tierra en la que vivimos. La Ñaña nos movía a
mirar la oportunidad más que la dificultad. A confiar y confiarnos en ese
caminar. Se puede. Dios así lo sueña para nosotros y su mundo. IHS
FUENTE: jesuitas.cl
