(Reportaje de "El Definido")
Erika
se desempeña como docente desde hace 30 años y ha vivido la educación privada y
municipal. Aquí narra el agotador ritmo de trabajo de la enseñanza pública y
las claves para mantener la motivación en un contexto adverso, pero lleno de
esperanza.
Me
costó dar con Erika Santibañez para hacerle esta entrevista. Cada vez que la
llamaba estaba corriendo de un lado para otro, sin tiempo para conversar. Me
propuso la mañana del sábado antes del partido de Chile-Brasil. La llamé, pero
no di con ella. Finalmente la respuesta fue una: Llámame cualquier día después
de las 10 de la noche, que a esa hora me desocupo.
Esa
fue la presentación sin palabras, pero evidente, de cuán desgastadora es su
labor de profesora en un colegio municipal. Más aún si se trata de un liceo que
por años fue el más grande de Chile, con 5.000 alumnos en total, teniendo un
promedio de 45 alumnos por clase, con 10 cursos por generación. El A-131. Con
la aparición de los colegios particulares subvencionados, bajó un poco la carga
y ahora lo común es encontrarse con 30 alumnos en cada sala de clases.
Recientemente
se publicó un estudio realizado por la Organización para la Cooperación y el
Desarrollo Económico (OCDE), donde se reveló que los profesores chilenos son
quienes más horas pasan en el aula, luego de encuestar a más de cien mil
docentes de 24 países. Erika pertenece a ese grupo, pero estando a la cabeza.
Son cerca de 27 horas las que pasa un profesor chileno en la sala, cuando el
promedio de los países OCDE es 19,3, pero para Erika son 44. Tal cual. El total
de sus horas de contrato, siempre está haciendo clases. De 8:00 a 17:00 horas,
con recreos de 15 minutos y media hora para almorzar.
Lo
hace desde hace 30 años. Enseñar es su vocación. Sigue vibrando cuando habla de
cómo se pueden transformar vidas entre esas cuatro paredes y por qué no hay que
rendirse ante ningún alumno, por muy desinteresado que se vea. "Ellos
escuchan. Es importante hablarles porque escuchan y en algún momento van a
hacer click".
Trabajaste antes en colegio privado y hace
años en este liceo ¿Cómo es el contraste?
"Llega
a doler la diferencia. En el privado, los alumnos vienen de un estrato social
distinto, tienen cultura lectora, hay alguien en la casa, al menos está la nana
que les lustra los zapatos, cumplen con rigor el horario. Son menos niños,
entonces hay mas control. Acá tu llamas al apoderado y no llega. Las familias
están desvinculadas. En el privado es distinto, ahí la diferencia es que los
profesores damos un servicio, ellos son clientes, es súper frío. El municipal
es mucho más humano. Allá se trata al alumno de usted, si un apoderado está
descontento, el profesor se va del colegio".
¿Qué métodos tienen éxito en el liceo?
"Apoyo
interdisciplinario, contar con una asistente social, sociólogo, hacer
seguimientos. Esto produce que el cabro sienta que es valioso por otra cosa.
Soy profesora de inglés, pero igual les pregunto quiénes son. Cuando te pones a
escarbar y te das cuenta porque son así, es para llorar juntos. Entiendes
porqué el cabro va a sociabilizar y no a aprender, a veces no hay qué comer en
sus casas, tienen muchos problemas en la casa, que se traduce en que no haya
motivación en la clases".
¿Qué hace distintos a dos alumnos de la
misma realidad, pero uno estudioso y el otro no?
"Los
amigos... Son clave. El chiquillo que tiene una realidad dura pero conoce a uno
que le hace empeño, que juega futbol, que tiene otras motivaciones, se va
pasando a ese lado. Los otros no quieren, yo les digo "yo te enseño"
y me dicen que" no pierda el tiempo". Es tan negro el futuro para
ellos, que no quieren ni que les escribas la respuesta en la prueba. Yo me
propongo que no me la gane, pero tengo que atender a otros 29 alumnos. También
es súper clave acá el profesor jefe. Si el niño lo escucha, el niño responde.
El chiquillo es perceptivo, sabe bien cuando el profesor es confiable y creíble
o el que no quiere desgastarse".
Para
ser consecuente, cuando Erika dejó de hacer clases en colegios privados y entró
al liceo A-131, también cambió a sus dos hijos, quienes desconocían la
enseñanza pública. A ellos les va bien y por lo mismo siempre los pone de
ejemplo a sus alumnos: "Mis hijos encuentran acá el éxito y de manera
gratis, ustedes también pueden hacerlo" y agrega "Hay colegas mal
enfocados, que les dicen que aquí está la mano de obra, creen que eso es el
final, el poder de la palabra es tan potente que se la creen. Hay que trabajar
a la inversa, decirles que ellos pueden, que pueden cambiar, preguntarles cómo
se ven en 10 años más y que para lograr eso tienen que traer su lápiz, venir al
colegio, cosas de ese tipo. Les pregunto a los otros alumnos dónde quieren ver
a su compañero de al lado en el futuro... Ellos eligen dónde quieren estar y yo
les entrego las herramientas para que pongan sus cimientos. Si no las
aprovecha, no tiene derecho a reclamar".
¿Cuál crees que es el primer paso que hay
que tomar para mejorar la educación?
"Lo
primero es desmunicipalizar la educación. Las municipalidades no tienen idea...
los alcaldes ponen a sus amigos de directores y ellos no tienen idea de
educación, no saben qué es un colegio. Volver al Estado con comunicación
directa. No mandar a una agencia. También revisar lo de la evaluación docente,
que no es mala, pero sí lo es el instrumento. A mí me encantaría que me
evaluara el alumno. Él es el que sabe si le estoy dando las herramientas que
necesita, si lo tomo en cuenta como ser humano. He visto que profes pagan para
que les hagan un portafolio y así lo premien. El instrumento no es válido, es
copiado de otros países, copian y pegan. No es lo mismo un profesor de colegio
privado que tiene horas para planificar, corregir, todas horas pagadas, que
además está apoyado por su director, por
su equipo, por sus pares. Todos los cursos que yo tengo me los he pagado yo, no
hay contribución a mi bolsillo para formación, no hay incentivo".
El
"problema" de Erika es que le importa. Que no se deja estar. Que no
se conforma con cumplir. Actualmente está tomando cursos de terapias naturales
para brindarles ese apoyo a sus alumnos, y de meditación, para hacerles
ejercicios de respiración antes de comenzar la clase y así se logren quitar la
carga familiar que traen en sus mochilas. Es por eso que llega a las 22:00
horas a su casa todos los días de la semana. Ella dice que llega agotada no
porque los cabros sean jodidos, sino porque es demasiada pega. Está obligada a
preparar las clases en su casa y reconoce que descuida su ambiente familiar, por
tener que corregir pruebas y planificar, lo que normalmente hace los fines de
semana.
El
mismo estudio de la OCDE revela que el tema de los profesores no es que no
quieran enseñar. A la pregunta de si está arrepentido de haberse convertido en
profesor, el 33,6% de los docentes chilenos dice que si, muy cercano al
promedio de 30,9%. El tema va por otro lado. No hay tiempo para preparar las
clases, ni menos para complementar su propia formación, que muchas veces
necesita de herramientas que no se entregan a la universidad para hacer frente
a la difícil realidad de los alumnos. Y como corregir y planificar lo tienen
que hacer de todas formas, terminan trabajando en horarios que no son pagados y
descuidando su propio hogar.
Vocación
hay. Energía hay. Alumnos deseosos de surgir hay. Lo único que falta, es que se
les dé la oportunidad a docentes y alumnos de construir esa relación humana
necesaria para motivar el aprendizaje. Por fortuna, el debate en torno a la
educación ha ido virando en esa dirección, poniendo el foco en los profesores y
lo que ocurre en la sala de clases. Quizás, si todos empujamos para que así
sea, Erika podrá pronto disfrutar a sus hijos con la seguridad de que sus
alumnos cuentan no solo con ella, sino con toda una comunidad educativa, para
protegerlos y guiarlos.
FUENTE: Sitio web EL DEFINIDO
